Lazarus: el regreso de Shinichirō Watanabe al universo donde el jazz marca el pulso del futuro
Durante más de veinticinco años, Cowboy Bebop se mantuvo como una obra prácticamente irrepetible. Su combinación de ciencia ficción, cine negro, western, filosofía existencial y una banda sonora profundamente influenciada por el jazz redefinió lo que podía ser una serie de anime. En 2025, el director Shinichirō Watanabe volvió a un territorio que conoce como pocos con Lazarus, una producción que, sin ser una secuela ni compartir personajes con Cowboy Bebop, recupera buena parte de su ADN artístico. El resultado es una serie que dialoga constantemente con aquel clásico, especialmente a través de la música. Sin embargo, conviene verla como una obra diferente, porque si la comparamos con Cowboy Bebop nos vamos a ir decepcionados…
La historia de Lazarus transcurre en un futuro cercano donde la humanidad enfrenta una crisis global provocada por Hapna, un analgésico revolucionario creado por el brillante neurocientífico Dr. Skinner. Lo que parecía un medicamento milagroso termina convirtiéndose en una sentencia de muerte cuando su creador revela que todos quienes lo consumieron morirán en apenas treinta días. Frente al colapso social, un grupo de especialistas es reunido para encontrar al científico desaparecido y descubrir un antídoto antes de que el tiempo se agote.
Aunque el argumento se desarrolla como un thriller de ciencia ficción con fuertes componentes de acción y espionaje, la verdadera identidad de Lazarus aparece en su construcción estética. Watanabe vuelve a demostrar que entiende la música no como un simple acompañamiento sino como una parte fundamental del lenguaje narrativo. En sus producciones, las escenas no se editan para adaptarse a la música; es la música la que determina el ritmo interno de la imagen.
Ese principio creativo ya había alcanzado una de sus expresiones más acabadas en Cowboy Bebop. Desde su inolvidable episodio inicial, la serie estableció un universo donde el bebop, el hard bop, el blues, el funk, el rock y la música latina convivían como si fueran el idioma natural del espacio exterior. La compositora Yoko Kanno, junto con su banda Seatbelts, creó una de las bandas sonoras más influyentes de la historia del anime. Temas como «Tank!», «Rush», «Space Lion» o «Blue» trascendieron la serie para convertirse en clásicos de la música para televisión. En Lazarus, Watanabe decide no repetir aquella fórmula de manera literal, pero sí expandirla. En lugar de confiar toda la banda sonora a un único compositor, reúne a tres figuras fundamentales de la música contemporánea: el saxofonista y productor estadounidense Kamasi Washington, el productor Floating Points y el músico electrónico Bonobo. La decisión no es casual. Los tres representan distintas formas de entender la evolución del jazz durante el siglo XXI.
Kamasi Washington aporta la dimensión más claramente jazzística del proyecto. Heredero de John Coltrane, Pharoah Sanders y del spiritual jazz de finales de los años sesenta, su sonido combina grandes secciones de vientos, improvisación y una intensidad emocional que encaja perfectamente con la tensión dramática de la serie. Su participación mantiene vivo el vínculo con el universo sonoro de Cowboy Bebop, aunque desde una perspectiva contemporánea. Floating Points, por su parte, incorpora una estética cercana a la electrónica experimental, el ambient y el jazz moderno británico. Sus texturas minimalistas funcionan especialmente bien en las escenas de suspenso y en la representación de un mundo tecnológicamente avanzado pero profundamente inestable. Bonobo completa el trío con una propuesta donde conviven downtempo, trip hop, música orgánica y elementos del nu jazz, aportando calidez a una historia dominada por la incertidumbre. La elección de estos músicos refleja también la evolución del propio jazz. Si Cowboy Bebop rendía homenaje principalmente al jazz estadounidense de las décadas de 1940, 1950 y 1960, Lazarus mira hacia el presente, donde el género dialoga permanentemente con la electrónica, el hip hop y las músicas experimentales. El jazz deja de ser únicamente una referencia histórica para convertirse en un lenguaje vivo, capaz de expresar las ansiedades del siglo XXI.
Visualmente, las conexiones entre ambas series son igualmente evidentes. Los movimientos de cámara, las persecuciones urbanas, el cuidado trabajo coreográfico de las escenas de acción y la construcción de personajes moralmente ambiguos remiten inmediatamente al estilo que convirtió a Cowboy Bebop en una obra de culto. Sin embargo, Lazarus posee una identidad propia. Allí donde Spike Spiegel parecía resignado a convivir con su pasado, los protagonistas de Lazarus luchan desesperadamente contra un futuro que amenaza con desaparecer antes de comenzar.
También existe un cambio en la dimensión política. Mientras Cowboy Bebop utilizaba el espacio como escenario para explorar la soledad, el desencanto y la marginalidad, Lazarus plantea preguntas sobre la dependencia tecnológica, la ética científica, el poder de las corporaciones farmacéuticas y la fragilidad de las sociedades hiperconectadas. La música vuelve a convertirse en el vehículo emocional que permite atravesar esas preguntas sin caer en el discurso explícito.Resulta significativo que, en una época donde muchas franquicias apelan a la nostalgia mediante secuelas y remakes, Watanabe haya preferido construir una obra nueva que dialogue con su legado sin reproducirlo. Lazarus no intenta ser Cowboy Bebop 2. Más bien demuestra que las ideas que hicieron grande a aquella serie —la mezcla de géneros, la sofisticación visual y, sobre todo, la convicción de que la música puede ser el verdadero motor de una narración— siguen siendo plenamente vigentes.
Para los amantes del jazz, Lazarus ofrece además una puerta de entrada a algunas de las figuras más importantes del panorama musical actual. Así como Cowboy Bebop despertó el interés de miles de espectadores por Art Blakey, Charlie Parker, Thelonious Monk o John Coltrane, la nueva serie puede conducir a descubrir el universo creativo de Kamasi Washington, Floating Points y Bonobo, artistas que continúan expandiendo los límites del jazz hacia nuevos territorios. En definitiva, Lazarus confirma que Shinichirō Watanabe sigue siendo uno de los pocos realizadores capaces de entender que una banda sonora puede definir la identidad completa de una obra audiovisual. Como ocurrió con Cowboy Bebop, el jazz no aparece simplemente como un género musical: es una forma de narrar, de respirar y de imaginar el futuro. En ese sentido, ambas series comparten una misma convicción: cuando la música improvisa, también lo hace la vida.
Por qué Cowboy Bebop es infinítamente mejor que Lazarus
La comparación entre Cowboy Bebop y Lazarus es inevitable porque ambas son obras de Shinichirō Watanabe. Sin embargo, para buena parte de la crítica y de los espectadores, Cowboy Bebop no solo es mejor, sino que pertenece a otra categoría dentro de la historia del anime. Hay varias razones que explican esa diferencia. En primer lugar, Cowboy Bebop posee una identidad absolutamente única. Cuando se estrenó en 1998, no había otra serie que mezclara ciencia ficción, western, cine negro, artes marciales, humor, filosofía existencial y jazz con semejante naturalidad. Cada episodio podía funcionar como una historia independiente mientras construía lentamente el pasado de Spike Spiegel y el resto de la tripulación del Bebop. Esa estructura episódica le daba libertad para explorar distintos géneros sin perder coherencia. Lazarus, en cambio, adopta un formato mucho más convencional. Su trama central —un grupo de especialistas debe encontrar a un científico antes de que la humanidad muera por culpa de un medicamento— mantiene un objetivo claro desde el primer episodio. Eso genera mayor continuidad narrativa, pero reduce la posibilidad de detenerse en los personajes o explorar pequeñas historias humanas como hacía Cowboy Bebop.
Otra diferencia importante está en los protagonistas. Spike Spiegel es considerado uno de los grandes personajes de la animación japonesa porque combina carisma, humor, melancolía y una profunda sensación de derrota. Su pasado con el sindicato criminal, su relación con Julia y su rivalidad con Vicious nunca se explican completamente, lo que contribuye a construir un personaje lleno de misterio. A su alrededor, Jet, Faye, Ed y Ein también poseen personalidades muy definidas y evolucionan a lo largo de la serie. En Lazarus, aunque el equipo protagonista resulta atractivo y las escenas de acción están muy bien coreografiadas, varios personajes responden a arquetipos más reconocibles y su desarrollo emocional suele ser menos profundo. La urgencia constante de la misión deja menos espacio para la introspección.
La música es probablemente el aspecto donde la comparación resulta más interesante. En Cowboy Bebop, la banda sonora compuesta por Yoko Kanno y los Seatbelts no solo acompaña la acción: define la personalidad de la serie. Jazz, blues, bebop, hard bop, rock, country, funk y música clásica aparecen como parte del relato. El famoso «You’re gonna carry that weight» del episodio final resume el tono emocional de toda la obra. En Lazarus, la música vuelve a ocupar un lugar importante gracias al trabajo de Kamasi Washington, Floating Points y Bonobo. La banda sonora es excelente, sofisticada y contemporánea, pero está más integrada al clima general que a la identidad de los personajes. En Cowboy Bebop, cada tema parece inseparable de las imágenes; en Lazarus, la música potencia la narración, aunque rara vez la redefine.
También influye el contexto histórico. Cowboy Bebop fue revolucionaria. Su influencia se extendió mucho más allá del anime y ayudó a que una generación de espectadores occidentales descubriera la animación japonesa para adultos. Muchas de las decisiones estéticas que hoy parecen familiares eran completamente novedosas en ese momento. Lazarus, en cambio, llega después de décadas de series influenciadas por la propia obra de Watanabe. Paradójicamente, compite contra el legado que él mismo ayudó a crear.
Finalmente, existe un componente difícil de medir: Cowboy Bebop transmite una sensación de autenticidad y de equilibrio creativo casi perfecta. Cada episodio parece hecho con absoluta libertad artística. La serie nunca intenta agradar a todo el mundo ni explicar de más. Confía en la inteligencia del espectador, deja preguntas abiertas y encuentra un cierre considerado por muchos como uno de los mejores de la historia de la televisión animada.
Eso no significa que Lazarus sea una mala serie. Al contrario, destaca por su animación, sus secuencias de acción, su dirección visual y una banda sonora sobresaliente. Pero donde Lazarus es una muy buena producción de ciencia ficción, Cowboy Bebop es una obra que redefinió un medio. La diferencia no está solo en la calidad técnica, sino en el impacto cultural, la profundidad de sus personajes y la capacidad de convertir la música —especialmente el jazz— en el corazón mismo de su narrativa. Por eso, casi tres décadas después de su estreno, Cowboy Bebop sigue siendo el punto de referencia con el que inevitablemente se mide cualquier nueva obra de Shinichirō Watanabe.
