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por Grisel D´Angelo

“Soy snob, tan snob, es mi defecto mejor. Me llevó meses de trabajo lograrlo, es una vida tan agitada….” cantaba Boris Vian en 1955. Un adorable polímata francés recordado por su permanente vanguardia inclasificable.
Uno de mis pasatiempos preferidos es pensar lo que podría hacer un personaje histórico de estar vivo en la actualidad y ante una determinada situación. ¿Qué comería Hemingway en un restaurante vegano? ¿O cuál sería la opinión de Borges sobre el último libro de Paulina cocina?
En el contexto del Mundial del Alfajor 2023 la invocación fue: ¿qué alfajores probaría Boris Vian?

Con una exhaustiva investigación previa al día del evento, realicé un inventario de las marcas con alfajores más exóticos a fin de visitar uno por uno los stands de rarezas.
Dolci BA me conquistó con su catálogo de alfajores sabor a cócteles: dulce de tequila, clericot, caipiriña, mojito, daiquiri y hasta destornillador. Kakawa incorporó a sus rellenos sambayón y pistacho mientras que Sabores de Azul apostó por una crema de lavanda elaborada a partir de una plantación en la localidad de Azul. Alfapop con su propuesta de alfajor de cerveza y maní o el maridaje de Mina Clavero combinando capas de dulce de leche y fernet. Acotación: si notan cierta regularidad en la búsqueda de alcohol en alfajores es porque, además de vanguardista, Boris Vian fue un ilustre bebedor.


Con el itinerario definido comencé la recorrida y entonces un frenesí de carteles escritos a mano desbordaba el pabellón. “No hay stock”, “Se acabó todo”, “Nos quedamos sin nada”. El último en particular simpático por su naturaleza contradictoria, nos quedamos sin nada ergo vendimos todo.
Automáticamente el snob cree que se trata de una mera coincidencia entre pequeños fabricantes que no llevaron suficiente cantidad y el éxito infalible de un clásico alfajor de dulce de leche y chocolate.
Yendo concretamente a los stands seleccionados en el inventario, me acerqué y envalentonada pregunté:
—¿Acaso aquí tienen el alfajor de lavanda con gin al limón?
—Fue el primer en agotarse —responden—. Sólo nos quedan clásicos.
Con ligera e innecesaria indignación pasé a otro stand para preguntar adónde está mi alfajor de Mojito.
—Se nos acabó el primer día. Pero tenemos unos de maicena.


Para darle cierto aire de método científico que permita la publicación de estas líneas en alguna revista de orden académico que leería el mismísimo Boris Vian, fui stand por stand preguntando cuál fue el primero en agotarse: el más exótico. Ni los fabricantes lo podían entender.
La conclusión es clara: los consumidores eligieron deliberadamente optar por las rarezas, despreciando miserablemente a los clásicos de toda la vida .

Entre algunas observaciones, el resultado me llama poderosamente la atención teniendo en cuenta que se trató de un evento popular, apto para todo público. De haber sido una feria de eruditos con ínfulas de pretensión, naturalmente el primero en agotarse era el alfajor de malbec añejado en barricas de roble francés y la mera idea de un alfajor de maicena nos resultaría vergonzosa. Pero aquí fue una decisión global, la mayoría quiso lo exótico.
Todo esto me lleva a la siguiente reflexión: si lo exótico se convierte en popular, ¿sigue siendo exótico? O quizás lo realmente exótico era ir al stand de alfajores rellenos con ninfas y cognac biodinámico y pedir el de maicena. La imperiosa necesidad de ser diferente aunque eso cueste optar por el alfajor más ninguneado. ¿Diferente a qué? ¿A quiénes? ¿Para qué? ¿Por qué?

Preguntas que no tendrán ni ameritan respuesta. Mientras tanto la imaginaria cofradía de eruditos de las líneas anteriores lleva pancartas con la leyenda: clásico is the new black. Yo elijo el de maicena.
Y a todo esto Boris Vian: ¿qué hubiese hecho? Obviamente comprar una caja de maicena, llevarla al cine para ver películas suecas y escribir alguna canción sobre lo agotador que es ser snob.

 

IG @grisel.dangelo   En vivo todos los viernes al mediodía @jazzgourmet por Nacional Clásica FM 96.7

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